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viernes, 1 de julio de 2011

“Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”. Lord Byron.

                                                 © Guillermo Asián

Cada vez hay más perros y, cuanto más avanzada es una sociedad, la estadística constata que la proporción de canes por humano es mayor. Tanto es así que en algunos países hay ya menos niños que mascotas por familia. Un perro no suele rebelarse contra sus dueños cuando alcanza la adolescencia, no hace botellón ni envenena estúpidamente su organismo. Tampoco te echa en cara tu decrepitud, ni se atrinchera en casa hasta los 35 como una ameba en el intestino. El perro nunca muerde la mano que le da de comer. Lo efímero de su ciclo vital hace que algunas personas que han querido a un animal no deseen poseer otro con tal de no sufrir su pérdida.

Es verdad que no todos los perros son de fiar. Hay razas consideradas peligrosas por ser potencialmente utilizables como armas, pero incluso en estos casos quien crea casi siempre el problema es el dueño. Ahora empieza el verano y volveremos a ver a los perros que sus amos desahuciaron reventados en el asfalto o deambulando aterrorizados por las carreteras. Es la atrocidad de todos los años. El bonito regalo que llegó en Navidad con un lazo rojo y que pasado el capricho ya no encaja en las vacaciones estivales. Aquello de que "él nunca lo haría", es auténtico. Un perro jamás te abandona, ni siquiera los apaleados lo hacen. Por fatalista que resulte hay que admitir que al menos en eso suelen ser mejores que nosotros. Tienen "la grandeza de los grandes hombres y ninguno de sus defectos", decía un sentido epitafio. El que lord Byron escribió a su perro. 

Carmelo Encinas. El perro de lord Byron

 

lunes, 27 de junio de 2011

Neoliberalismo y criminalización de las ideas

Como vemos, se trata de la estrategia del miedo, de la amenaza, del chantaje emocional. En ningún momento el neoliberalismo se presta al debate abierto, honesto, con datos y argumentos rigurosos. Todo es descalificación chapucera del adversario, amedrentamiento, chantaje y amenaza. No en vano Llamazares hablaba en un reciente artículo de la “estrategia Tarantino”. 

                                                          © Guillermo Asián

La ideología neoliberal, dominante en las últimas décadas, no se contenta con disponer de los mayores medios para la difusión de las ideas (medios de comunicación, thikn tanks, universidades…). Persigue un dominio aplastante con unas reglas de juego trucadas. Cada vez más, el pensamiento que se opone al neoliberalismo es sometido a la presión de ser considerado “antisistema”, entendiendo por esta palabra “extremista”, y, siguiendo ese resbaladizo camino, compañero de viaje del terrorismo.
Lo peor no son las barbaridades que eructa de vez en cuando la derechona neoliberal. Hace unas semanas el ex presidente Aznar declaraba en un programa de radio que cualquier posición política que intente superar lo establecido (?) debe ser no sólo marginada políticamente, sino perseguida policialmente. ¿Qué puede entender Aznar por “lo establecido”? Desde luego, suena inquietante. Otra perla salía de la boca de la señora Cospedal recientemente, vinculando fascismo y marxismo. Y como soltar barbaridades para confundir a los ciudadanos es gratis, el PP las suelta todos los días. Si la cosa quedara ahí, podría ser llevadera: ya estamos acostumbrados a la sucia lucha de este partido por conseguir el poder y por descalificar a la izquierda con todo tipo de insultos y falsedades. Pero el asunto tiene bastante más calado y cada vez más amenaza los cimientos de la democracia llevando esa lógica paranoica a las instituciones políticas y a la propia Justicia. Casos como el macroproceso 18/98, en el que se criminalizaba a personas que habían defendido el diálogo con ETA, que, por muy cuestionable que pueda ser, no puede ser confundido con una figura delictiva como colaboración con banda armada; o como el de la joven anarquista  absuelta por el Tribunal Supremo y que había sido condenada por la Audiencia Nacional también por colaboración con banda armada; o como el cierre del periódico Egunkaria seguido del encarcelamiento de sus directivos (cómo no… por colaboración con banda armada), absueltos posteriormente por el Tribunal Supremo, auguran un futuro gris oscuro para el ejercicio de las libertades políticas (pensamiento, opinión, expresión, reunión, asociación…).
Pedro López López, Attac Madrid, Rebelión.
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miércoles, 8 de junio de 2011

Si yo fuera presidente



























No lo pensaría mucho: si fuera presidente le dejaría el puesto a Tola, que llevado por el romanticismo y la ironía volvería del cielo, o del infierno, a abrir bares hasta las siete de la mañana del día siguiente al siguiente, y a cerrar la cárcel en un mundo sin violencia ni ganas de ejercer.
Conocí a Fernando García Tola en esos años en los que el periodismo en España despuntaba con mujeres y hombres inteligentes, creativos, estudiosos, rebeldes... Intelectuales sin pretensiones de serlo y buena gente de mal vivir, que soñaba inventar un nuevo periodismo en un país donde las comunicaciones aún no dejaban especular al paso acelerado de hoy. Dejó alto el listón a sus sucesores, algunos de ellos gerifaltes de periódicos de gran tirada, pero también miserables vendidos a la banca, envueltos en fundas de  verborrea política  y "la pela" como sagrado bien por atesorar. Gente así, como Tola, van quedando cada vez menos. Arriesgados y sinceros, pensadores de toque libertario y cierto aire antiprogresista que, quizás con el tiempo y la edad, se achican un poco y "trascienden" al individualismo democrático. Expuesto a la crítica mordaz dirigió televisión, escribió libros y artículos, pinto cuadros y los vendió, e incluso intentó hacer pinitos como empresario de altos vuelos. Era controvertido y hasta lo acusaron de "rojo"... que barbaridad. En fin, como ejemplo citaré a  la conferencia episcopal, que intentó enmendarle la plana y presionó lo que pudo, y más, para que suspendieran sus programas más agresivos.

Engordó soberanamente antes de morir, allá por 2003, año en el que nos dejó con cierto regustillo amargo a los que admiramos su discurso frontal contra la mentira social y la represión mediática. Si uno escucha ahora las críticas que vertía en su programa "Si yo fuera presidente", valientes para aquel tiempo, parecen pastelillos de nata al lado de las guindillas corrosivas que lanzan los nuevos líderes de audiencia, como El Gran Wyoming.
Aún quedan algunos, pero envejecen y dejan huecos en el suelo de los vivos, donde encontramos la soledad de la irresoluble falta de talento que llena cada día el sótano de nuestra tristeza.
Levanto mi copa por él.
¡Salud!

 Vídeo: Si yo fuera presidente