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martes, 13 de diciembre de 2016

El baño de Ela.


     © Guillermo Asián
Hermosas ninfas que, en el rio metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas;

agora estéis labrando embebecidas,
o tejiendo las telas delicadas;
agora unas con otras apartadas,
contándoos los amores y las vidas;

dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando;

que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá de espacio consolarme.
Garcilaso de la Vega

sábado, 13 de febrero de 2016

Jeanloup Sieff

Tras haber tenido como regalo de cumpleaños una cámara de plástico Photax polaca, su afición a la fotografía le hizo empezar como fotógrafo "amateur" a los quince años, elevando poco a poco su calidad fotográfica para debutar como reportero gráfico en 1954.

    Fotos © Jeanloup Sieff

"El arte de la fotografía se basa más en la emoción que en el conocimiento" afirmaba un joven fotógrafo francés que con sólo veinte años revolucionó el mundo de la fotografía de desnudo en Europa. Este joven, Jeanloup Sieff, para quien este arte no pasaba por la experiencia bressoniana de plasmar los instantes fugaces de la vida o ser el documento imperecedero de su referente, él sólo quiere representar la materialización de determinadas emociones en algunos momentos particulares: "...existen emociones puramente formales, forjadas de luces o volúmenes; otras emotivas o sensuales, suscitadas por algunas personas y otras, en fin, puramente intelectuales. La fotografía puede expresarlas y representarlas a todas, para después crear con ellas otras emociones absolutamente nuevas".
Nacido en el seno de la cultura europea de vanguardia y con orígenes polacos, realizó estudios de literatura, periodismo y finalmente de fotografía en la escuela Vaugirard de París y la de Vevey de Suiza. Comenzó como fotógrafo independiente, hasta que en 1955 fue contratado por la revista “Elle” en calidad de reportero y posteriormente como fotógrafo de moda. Tres años más tarde se despide de la publicación francesa y entrar en la prestigiosa agencia Magnum donde realiza importantes trabajos en Grecia, Turquía y Polonia. Pero su espíritu independiente le lleva a abandonar esta firma y a trasladarse a Nueva York, ciudad en la que colabora con publicaciones como ”Glamour” o “Harpeer’s Bazaar”, todo esto sin interrumpir sus trabajos europeos para “Vogue” o “Queen”. En 1961 es galardonado con el Premio Niépce y cinco años más tarde regresa definitivamente a París, donde continúa colaborando en revistas de moda fundamentalmente.






La obra de Sieff se caracteriza por el triunfo absoluto de la belleza. Si para algunos la fotografía es simplemente un instrumento funcional para articular una significación, una reflexión sobre el mundo, y el contenido está por encima de la forma, el francés rechazó el modelo del operador siempre errante por el mundo, siempre dentro de los sucesos de la historia, siempre en busca de imágenes sensacionales, para él una imagen está condenada a ser bella para ser eficaz, independientemente del tema retratado, la forma se hace el elemento fundamental de su trabajo, esa forma a la que él considera “perfecta y fin en sí misma”: la belleza, en la más amplia acepción del término, es subversiva y tiene el poder de conmover a quien la observa mucho más de lo que suele creerse: un tópico muy extendido pretende que una mujer bella ha de ser necesariamente tonta. En realidad, los imbéciles hacen bien en desconfiar de la belleza, porque ésta les provoca y les niega al mismo tiempo. Los conceptos de belleza y emoción se abrazan en la obra de Sieff; su confluencia sutil genera una imagen que tiene algo de milagroso, y si una buena toma escapa a cualquier definición es porque en ella la emoción suscitada va más allá del objeto que representa, y porque su belleza genera un significado mucho más rico de lo que parece sugerir; es de este modo como las tomas de Sieff emanan una leve música, haciendo posible el milagro de la metáfora táctil.
El exceso de cognición mata las emociones y el análisis en extremo desvirtúa la belleza. El retrato, por ejemplo, supone representar un rostro, esa parte del cuerpo más expuesta que puede convertirse en una máscara hipócrita a la que hacer expresar los sentimientos que el autor quiere y la belleza que no existe. Ésta fue la razón que le llevó a interesarse por las nalgas de las personas "...la parte más protegida, más secreta, la que conserva intacta una especie de inocencia infantil que la mirada o las manos han perdido desde hace tiempo. Desde el punto de vista plástico, es además la parte del cuerpo más conmovedora (...) es la única que se vuelve atrás, hacia el pasado, mientras que nuestra persona avanza inexorablemente hacia delante".
Uno de los procedimientos que utiliza en sus fotografías de desnudos es el uso del gran angular que pierde a sus sujetos en un gran universo ora sensual, ora onírico pero siempre emotivo, que lo distancia del espectador aunque el modelo dirija su mirada hacia él.
Estas consideraciones pueden extrapolarse del ámbito de la fotografía de moda a la de paisajes, donde también se demostró como un gran maestro y donde el núcleo central de atención está constituido por la textura del terreno, la trama diseñada por los surcos o las dunas de arena, por la perspectiva que esboza la fuga de los árboles o la iluminación potenciada por un ejemplar uso del blanco y negro. Ajenas al análisis, envueltas en un halo de sentimiento y belleza, las imágenes de Sieff permanecen inalterables al devenir temporal, como colocadas en una dimensión metafísica sin tiempo ni historia.











 Todas las fotos: © Jeanloup Sieff.  www.microbiografias.com 

lunes, 23 de febrero de 2015

Mujer entre los árboles

   Foto: Guillermo Asián

"A solas con todo el mundo"

La carne cubre el hueso
y dentro le ponen
un cerebro y
a veces un alma,
y las mujeres arrojan
jarrones contra las paredes
y los hombres beben
demasiado
y nadie encuentra al
otro
pero siguen
buscando
de cama
en cama.
La carne cubre
el hueso y la
carne busca
algo más que
carne.
No hay ninguna
posibilidad:
estamos todos atrapados
por un destino
singular.
Nadie encuentra jamás
al otro.
Los tugurios se llenan
los vertederos se llenan
los manicomios se llenan
los hospitales se llenan
las tumbas se llenan
nada más
se llena.

Charles Bukowski

miércoles, 18 de febrero de 2015

Doce poemas perdidos.

   © Guillermo Asián



A la puta que se llevó mis poemas.

Algunos dicen que debemos eliminar del poema
los remordimientos personales,
permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero
¡Por Dios!
¡Doce poemas perdidos y no tengo copias!
¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores!
¡Es intolerable!
¿Tratas de joderme como a los demás?
¿Por qué no te llevaste mejor mi dinero? Usualmente
lo sacan de los dormidos y borrachos pantalones enfermos en el
rincón
La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete de
cincuenta,
pero mis poemas no.

No soy Shakespeare
pero puede que algún día ya no escriba más,
abstractos o de los otros;
Siempre habrá dinero y putas y borrachos
hasta que caiga la última bomba,
pero como dijo Dios,
cruzándose de piernas:
"veo que he creado muchos poetas
pero no tanta poesía."
 
Charles Bukowski

lunes, 23 de mayo de 2011

La pasión no sabe esperar. Garry Winogrand

"Cuando veo una mujer atractiva, hago lo que mejor sé hacer, fotografiarla". Garry Winogrand (1928-1984), uno de los grandes fotógrafos estadounidenses, era así, directo y sincero. El "príncipe de las calles", como le apodaron sus colegas, huyó de los estudios, de los flashes, de escenarios fabricados, y eligió el contacto directo con la realidad. Su serie de retratos agrupados en la serie Women are beautiful (Las mujeres son bellas) es un testimonio directo de aquellas americanas que rompieron con los corsés y desafiaron al mundo en la década de los sesenta.

Nació y creció en el Bronx neoyorquino, se enroló fugazmente en el ejército y estudió arte en la Universidad de Columbia, pero todo pasó a un segundo plano cuando un amigo le mostró un cuarto oscuro. Fue su primera experiencia en el proceso de la fotografía. Un descubrimiento. "Nunca volví a pintar", diría después.
Transformado en un compulsivo reportero -influido por Walker Evans y sus retratos de la América profunda-, fotografiaba "las cosas para ver a qué se parecen cuando han sido fotografiadas". Expuso en tres ocasiones en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, consiguió dos becas del Guggenheim y fue un excelente profesor en el Instituto de Diseño de Chicago y en la Universidad de Tejas.

En 1950, las revistas ilustradas lo invadían todo. El mercado de la posguerra demandaba fotoreporteros y la generación de Winogrand, lejos de la imagen del fotógrafo de acción y aventurero, perseguía la autenticidad. Una buena muestra es la serie de mujeres de Winogrand, propiedad de la coleccionista Lola Garrido, que por primera vez se exhibe completa en Barcelona, en la Fundación Colectania. "Inge Morath [fotógrafa y esposa del escritor Henry Miller] me aconsejó comprarla. El portfolio de 85 fotografías salió a la venta en 1984 en San Francisco; es el trabajo de muchos años por las calles de varias ciudades, Nueva York, San Francisco, Aspen... Winogrand supo retratar lo que significó el cambio de actitud de la mujer", afirma.
Las mujeres que inmortalizó Winogrand transmiten alegría de vivir, reflejan el cambio de hábitos de una sociedad a la que se incorporaron sin complejos.

Ellas se convirtieron en protagonistas. Se manifestaban con pancartas a favor del aborto, lanzaban sus sujetadores a la basura, cortaron sus faldas y trabajaron en oficios hasta entonces considerados solo de hombres. En los años de la guerra fría, una nueva generación pedía paso. John F. Kennedy llegaba a la presidencia de Estados Unidos como la gran esperanza; I want to hold your hand, de Los Beatles, escalaba el primer puesto de las listas americanas; las mujeres se enrolaban en el movimiento feminista, mostraban su cuerpo sin inhibiciones, paladeaban su libertad. Winogrand atrapó aquel goce de una conquista. "No es un reportaje", dice Garrido, "son fotos hechas al azar. Para hacer esta serie disparó más de 15.000 imágenes. Buscaba el gesto y luego editaba las fotos". Women are beautiful apareció en 1975. No tuvo mucho éxito. Fotógrafos y críticos encontraron la obra desigual, pero se convirtió en un símbolo. De una época, de una revolución. Winogrand inició este trabajo en 1960, a las puertas de la guerra de Vietnam, que marcó a fuego a la sociedad norteamericana, y la publicó en 1975, cuando cayó la ciudad de Saigón.

"No sé si todas las mujeres de las fotos son bellas, pero sí que las mujeres son bellas en las fotos", escribió Garry Winogrand en el prólogo de su libro. Aquellas guapas mujeres anónimas ni siquiera se fijaban en un hombre con una Leica de gran angular preenfocado que tomaba fotos sin mirar por el visor, sin encuadrar. Winogrand observaba, divisaba una chica guapa con buenos pechos y disparaba. Mujeres en las avenidas neoyorquinas, riendo, sonriendo, tumbadas, con una pierna levantada, en gestos que hasta entonces nunca habían sido reflejados. "Es uno de los fotógrafos que más han hecho por la liberación de la mujer", asegura Lola Garrido. "El primero que retrató a las mujeres como son de verdad".

John Szarkowski, el primer director del departamento de fotografía del MOMA, llamaba a Garry Winogrand "el principal de su época". Junto a Diane Arbus y Lee Friedlander encabezó una nueva generación de fotógrafos que pretendieron no reformar la vida, sino conocerla. Como decía el pintor Frank Stella: "todo lo que hay que ver es lo que ves". Eso es lo que hacía Winogrand con un estilo de encuadres diagonales muy cercano al expresionismo abstracto.

Winogrand oscilaba entre el optimismo y la melancolía. Su primera mujer le acusaba de egocéntrico, exigente e insensible. Lo cierto es que vivía para la fotografía. "Sentí que era mi camino y me agarré a él. Lo necesito desesperadamente y nada me ha hecho nunca apartarme de la fotografía". 1975, cuando publicó Women are beautiful, fue un mal año para él. Dejó de fumar, engordó 15 kilos, y detectaron que algo no iba bien en su tiroides. Cuando murió, en 1984, dejó en su estudio más de 300.000 rollos de películas sin revelar y miles de fotos sin clasificar. Un final digno para su gran pasión.