"Cuando veo una mujer atractiva, hago lo que mejor sé hacer,
fotografiarla". Garry Winogrand (1928-1984), uno de los grandes fotógrafos
estadounidenses, era así, directo y sincero. El "príncipe de las
calles", como le apodaron sus colegas, huyó de los estudios, de los
flashes, de escenarios fabricados, y eligió el contacto directo con la realidad.
Su serie de retratos agrupados en la serie Women are beautiful (Las mujeres
son bellas) es un testimonio directo de aquellas americanas que rompieron
con los corsés y desafiaron al mundo en la década de los sesenta.
Nació y creció en el Bronx neoyorquino, se enroló fugazmente en el ejército
y estudió arte en la Universidad de Columbia, pero todo pasó a un segundo plano
cuando un amigo le mostró un cuarto oscuro. Fue su primera experiencia en el
proceso de la fotografía. Un descubrimiento. "Nunca volví a pintar",
diría después.
Transformado en un compulsivo reportero -influido por Walker Evans y sus
retratos de la América profunda-, fotografiaba "las cosas para ver a qué
se parecen cuando han sido fotografiadas". Expuso en tres ocasiones en el
Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, consiguió dos becas del Guggenheim
y fue un excelente profesor en el Instituto de Diseño de Chicago y en la
Universidad de Tejas.
En 1950, las revistas ilustradas lo invadían todo. El mercado de la
posguerra demandaba fotoreporteros y la generación de Winogrand, lejos de la
imagen del fotógrafo de acción y aventurero, perseguía la autenticidad. Una
buena muestra es la serie de mujeres de Winogrand, propiedad de la
coleccionista Lola Garrido, que por primera vez se exhibe completa en
Barcelona, en la Fundación Colectania. "Inge Morath [fotógrafa y esposa
del escritor Henry Miller] me aconsejó comprarla. El portfolio de 85
fotografías salió a la venta en 1984 en San Francisco; es el trabajo de muchos
años por las calles de varias ciudades, Nueva York, San Francisco, Aspen...
Winogrand supo retratar lo que significó el cambio de actitud de la
mujer", afirma.
Las mujeres que inmortalizó Winogrand transmiten alegría de vivir, reflejan
el cambio de hábitos de una sociedad a la que se incorporaron sin complejos.
Ellas se convirtieron en protagonistas. Se manifestaban con pancartas a favor
del aborto, lanzaban sus sujetadores a la basura, cortaron sus faldas y
trabajaron en oficios hasta entonces considerados solo de hombres. En los años
de la guerra fría, una nueva generación pedía paso. John F. Kennedy llegaba a
la presidencia de Estados Unidos como la gran esperanza; I want to hold your
hand, de Los Beatles, escalaba el primer puesto de las listas americanas;
las mujeres se enrolaban en el movimiento feminista, mostraban su cuerpo sin
inhibiciones, paladeaban su libertad. Winogrand atrapó aquel goce de una
conquista. "No es un reportaje", dice Garrido, "son fotos hechas
al azar. Para hacer esta serie disparó más de 15.000 imágenes. Buscaba el gesto
y luego editaba las fotos". Women are beautiful apareció en 1975. No tuvo mucho éxito. Fotógrafos y críticos
encontraron la obra desigual, pero se convirtió en un símbolo. De una época, de
una revolución. Winogrand inició este trabajo en 1960, a las puertas de la
guerra de Vietnam, que marcó a fuego a la sociedad norteamericana, y la publicó
en 1975, cuando cayó la ciudad de Saigón.
"No sé si todas las mujeres de las fotos son bellas, pero sí que
las mujeres son bellas en las fotos", escribió Garry Winogrand en el
prólogo de su libro. Aquellas guapas mujeres anónimas ni siquiera se fijaban en
un hombre con una Leica de gran angular preenfocado que tomaba fotos sin mirar
por el visor, sin encuadrar. Winogrand observaba, divisaba una chica guapa con
buenos pechos y disparaba. Mujeres en las avenidas neoyorquinas, riendo,
sonriendo, tumbadas, con una pierna levantada, en gestos que hasta entonces
nunca habían sido reflejados. "Es uno de los fotógrafos que más han hecho
por la liberación de la mujer", asegura Lola Garrido. "El primero que
retrató a las mujeres como son de verdad".
John Szarkowski, el primer director del departamento de fotografía del MOMA,
llamaba a Garry Winogrand "el principal de su época". Junto a Diane
Arbus y Lee Friedlander encabezó una nueva generación de fotógrafos que
pretendieron no reformar la vida, sino conocerla. Como decía el pintor Frank
Stella: "todo lo que hay que ver es lo que ves". Eso es lo que hacía Winogrand
con un estilo de encuadres diagonales muy cercano al expresionismo abstracto.
Winogrand oscilaba entre el optimismo y la melancolía. Su primera mujer le
acusaba de egocéntrico, exigente e insensible. Lo cierto es que vivía para la
fotografía. "Sentí que era mi camino y me agarré a él. Lo necesito
desesperadamente y nada me ha hecho nunca apartarme de la fotografía".
1975, cuando publicó Women are beautiful, fue un mal año para él. Dejó
de fumar, engordó 15 kilos, y detectaron que algo no iba bien en
su tiroides. Cuando murió, en 1984, dejó en su estudio más de 300.000
rollos de películas sin revelar y miles de fotos sin clasificar. Un final digno
para su gran pasión.
lunes, 23 de mayo de 2011
domingo, 22 de mayo de 2011
La madre de Carol
Desde muy pequeño yo intuía que las mujeres influirían decisivamente en mi vida.
No tenía muy claro el por qué, pero con tan sólo diez años
desviaba mi atención de cualquier cosa, por muy atractiva que fuera, al ver
pasar a Carol, “la francesa”.
Caminaba distraídamente ante mí, agarrada del brazo de su hermana gemela; con su “mini” roja y sus zapatos de tacón, desafiante y muy segura de sí misma. Tenía sólo doce años y era una Lolita impresionante.
Caminaba distraídamente ante mí, agarrada del brazo de su hermana gemela; con su “mini” roja y sus zapatos de tacón, desafiante y muy segura de sí misma. Tenía sólo doce años y era una Lolita impresionante.
Su madre era joven, rubia, delgada y se embutía en pantalones
ajustados hasta la asfixia. Era el sueño de David Bailey.
Imagino que Carol y su hermana escuchaban habitualmente a
Jimi Hendrix y a Jim Morrison en el tocata de su mamá. Lo que quiero decir con esto es que la madre de Carol frecuentaba la lectura, el cine y la música de
los más atrevidos creadores del momento, y eso, en un barrio ocupado por
intelectuales y artistas, era alimento para una cultura abierta que
espoleaba a su vez una sana sexualidad. Una mujer inquieta y culta, y,
además, muy bella.
Es la descripción de un personaje interesante, pero a pesar de ello no aceleraba mi pulso. Estimulaba mi imaginación, eso sí, y resultaba enigmática y atrayente. A veces yo urdía en mi mente historias disparatadas, como que trabajaba en alguna
organización secreta ejerciendo de Mata-Hari invencible; una walkiria que sorbía con pajita el
cerebro de los machotes de turno, esos que pretendían beneficiársela.
Me sentía raro y algo contrariado.
¿Por qué subía mi temperatura hasta los límites del
estallido cuando Carol me hablaba? Ya no lo recuerdo, pero las conversaciones
debían ser tan estimulantes como una algarroba secándose al sol
-¿Has probado los chicles de
fresa ácida?- Y cosas por el estilo.
Casi era preferible no encontrarla al salir a la calle. De
esta forma pasaba el rato tranquilo y sin palpitaciones, jugando un rato con
mis amigos lanzando piedras, o escarbando en la tierra a la búsqueda de unas
lombrices. Cosas de los chicos sanos de entonces, ya sabes.
Un día noté que Carol no volvía a la calle. Y así un
día, y otro...
A veces miraba cuesta arriba, esperando a que apareciera
caminando la falda roja, prendida de su cuerpo menudo.
Desapareció. Quizás se la llevaron con su familia a Francia, o tal
vez su madre soltera se casó con aquel barbudo de la guitarra Gibson y se
escaparon a una comuna. Quién sabe. A veces pienso, de forma un tanto literaria, que aquella ausencia repentina fue el comienzo de la nostalgia.
De lo que sí estoy seguro es que su madre despertó al
observador permanente que habita en mí.
Me pregunto qué habrá sido de Carol. ¿Recordará ella sus primeros latidos incontrolados?
Allá donde esté, espero que sea una mujer feliz y libre, dueña de sí misma... como
lo fue su madre.
sábado, 21 de mayo de 2011
Taluna
______________________________________________________________________
La primera vez que vi a Taluna fue en un club madrileño.
Entré con un grupo de clientes habituales, amigos que en plena "subida" eufórica, decidieron mostrarme un coto de caza reservado a iniciados. Pobre de mí.
En
la entrada, un "armario" vestido de negro con una camisa del mismo
color, miraba de soslayo perdonando brevemente la vida de los que se
aventuraban a cruzar el umbral. Surgen dudas respecto a la seguridad
personal en lugares donde la luz roja es predominante.
Más abajo,
al menos un piso, un olor dulzón invadía el ambiente y la música
golpeaba el estómago con insistencia. Ruido y atmósfera densa
recibieron al grupo que
me llevaba al centro del placer mundano. Varias barras, con chicas moviéndose seguras tras ellas, nos daban la bienvenida.
Era
difícil no fijarse en ella. Una mujer de al menos un metro ochenta
centímetros de altura, subida a unos zapatos afilados como garras, movía
su cuerpo con la soltura de un gato tranquilo, alzada sobre un pedestal prendido de azul, verde, amarillo, proyectando luces cambiantes en su pecho, en su
cuello, en sus manos... Brevemente vestida, intensamente perfumada.
Hombres maduros y jóvenes, acompañados por mujeres de escasas vestiduras, reían y estrechaban sus cinturas.
Ya tenía enfrente la sonrisa de una gacela nocturna, preguntando cuál sería mi elección. Jack daniel´s.
Mis amigos se repartían por la pista, como un comando guerrillero que busca la mejor posición. El juego de la conquista requiere estrategia. Ellas se dejaban caer suavemente entre la bruma alcohólica, y ellos reprimían risas gastadas, mil veces estrenadas en fines de semana de obligada diversión.
Me distrae mirar. Pasé el tiempo entre tragos, recostado en la barra con la seguridad que otorga una posición dominante. No soporto las mesas, te hunden en la miseria de la oscuridad y todo el mundo, especialmente ellos, te restriegan el culo por la nariz. Muy feo.
Jack se hizo conmigo al tercer vaso. Hice un par de fotos con mi cámara de bolsillo y reconocí el sonido de Claude Challé.
No estaba mal el ambiente, pero me sentía algo cansado y, además, lo mío no es la caza con luces de colores.
Alguien toco mi brazo y giré la mirada, distraído. Taluna pedía fuego desde la cima de sus dos metros de energía vital, mirándome fijamente desde arriba, como el tigre que afila sus colmillos antes de dar el bocado. Al levantar mi mano con el Zippo encendido, agarró la muñeca y fijo el cigarro en la llama, aspirando sin esfuerzo, dejando que el fuego jugueteara un momento con los reflejos de la pintura de sus labios.
Una semana más tarde le hice unas fotos en mi estudio. Ésta es una de ellas: un golpe de zomm que acentúa el Candomblé de sus rasgos; una visión oscura y onírica...
Publicaré más.
Música de Miles Davis. "Tutu"
http://www.youtube.com/watch?v =Jeq7zX5FBOw&feature=related
Publicaré más.
Música de Miles Davis. "Tutu"
http://www.youtube.com/watch?v
viernes, 20 de mayo de 2011
Mabel. 1983.
Fue ayer. Aún viven en los ancestros de la memoria la familia descompuesta, la provisionalidad y la incertidumbre. En cualquier caso, nunca el miedo. Éramos más que jóvenes. Éramos valientes y comprometidos, locos de atar que no aspiraban más que a vivir con intensidad el momento. El futuro nos parecía tan lejano.
La felicidad era casi siempre la norma, y el llanto una mancha de aceite en la camisa, persistente hasta el próximo lavado. Querida amiga, espero que estés bien.
lunes, 16 de mayo de 2011
Anton Corbijn
Fotógrafo, realizador de vídeos musicales, responsable de la imagen de algunos grupos musicales. Director de la película "Control" (2007).
Elvis Costello
David Bowie
The Slits
Nick Cave
Captain Beefheart
Peter Gabriel
Joy Division
Tom Waits
Sinead O'Connor
Nick Cave
Henry Rollins
Iggy Pop
Mick Jagger
Dave Gahan (Depeche Mode)
Clint Eastwood
Leonard Cohen
lunes, 2 de mayo de 2011
Mi guerra (Relatos de Chester)
© Guillermo Asián
Estar alojado en el Maruba es lo de siempre: humedad en las paredes y la fija mirada de una araña tranquila, agazapada en el rincón más oscuro de un techo plagado de historias de cama.
Cierro los ojos y siento vibrar en mi cara el movimiento natural del trasero de Taluna. No puedo olvidar su piel caribeña ni su descaro al dedicarme miradas desafiantes. La echo de menos.
Comienza a anochecer entre nubes, creo que pasearé un rato. En realidad la habitación no está mal para un tipo como yo, pero el moho de la pared invita a la reflexión y no puedo permitirme meditar demasiado. Es mejor no pensar o terminaré subiendo a un edificio con un rifle de mira telescópica. Lo sentiría después, siempre me arrepiento de mis salidas de tono. Debería sensibilizarme más y retomar mi carácter contracultural. ¡Bah!, nadie me pagará por eso. Es más, la envidia latente me tacharía de snob y tendría que volver a la violencia de mis veinte. Ya no tengo edad para eso.
Prefiero correr detrás de culos puntiagudos y ser un redomado cabrón, pero pasar desapercibido. Todo eso es muy contradictorio, tendré que anotarlo y pensar sobre ello.
.
Al final de la playa hay un hombre pequeño vestido de gris, oteando la línea oculta donde mar y cielo se unen. Avanzo hacia él sin dejarme ver y tomo asiento en unas sillas de plástico abandonadas a su suerte. No me apetece oler la fritura ácida que desprende el restaurante barato de mi alojamiento. Aquí afuera el aire se deja respirar. Lleno mis pulmones poco a poco, adsorbiendo un par de olas y una nube. Por un momento creo ser feliz. En invierno se respira la calma, sólo quedan algunos vestigios del tórrido verano: frascos de crema solar y condones repletos de esperma seco. Cuánta vida desperdiciada por el placer vacuo de unos instantes dedicados a la lujuria, diría monseñor Sarcasmo. No me extraña que algunos radicales intentaran darle pasaporte.
¡Coño, una botella rota de White Label! Levante es único. El hombre se acerca hasta el borde del agua. Mira con tristeza el suelo y se tambalea levemente. Parece borracho. Observo con detenimiento y descubro que sostiene algo en su mano derecha. Me inquieta esta historia, es posible que esté pensando en descerrajarse en la sien un cargador y ser pasto de gaviotas carroñeras. No me gustan los dramas, y menos si soy testigo directo. El tipo se mete en el agua hasta las rodillas y se queda ahí, parado, con la cabeza gacha. Creo que llamaré con mi teléfono a la policía, pero seguro que no habrá cobertura. ¿Lo ves? No hay cobertura.
El hombrecillo ha tirado el objeto lejos de sí en un lanzamiento brusco que lo ha desestabilizado y le ha hecho caer. Parecía un revolver, estoy casi seguro... Aunque, ¡quién coño ve algo claro con esta luz! Se levanta empapado y se tambalea de lado a lado, hasta inmovilizarse de pie como un poste. Me acerco despacio tras él y le vigilo, aunque no sé qué hacer. La idea de mojarme arrastrando al tipo fuera del agua no me seduce. Creo que está llorando. Y ahora me apetece mear. Le oigo mejor, desconsolado. Miro a los lados y no veo a nadie, está anocheciendo y empieza a hacer mucho frío. Vaya situación, si lo sé no salgo de la habitación. Seguro que la araña tenía mejores planes. Al fin y al cabo, quién soy yo para cambiar el destino de nadie.
-Eh, amigo, ¿necesita ayuda?.-
Me parece mentira haber soltado una frase tan gilipollas. El tipo se desploma en el agua. Mierda, al final tendré que empaparme.
-¡Eh, oiga!-. ¿Qué cojones hago?
Avanzo hacia el bulto que se hunde sin remisión. Siento un frío atenazante en las piernas. No me gustan los baños de mar, prefiero las piscinas, al menos tienen bares cercanos.
El tipo intenta resistirse, pero es una cuba flotante y me hago con él arrastrándolo hasta la orilla. Allí fuera lo dejo sobre la arena, vomitando. Joder, estoy calado hasta los huesos y creo que voy a mearme encima si no vacío pronto la vejiga.
- Señor, debería acudir a un médico, la hipotermia no es una buena amiga.-
Al menos el paquete de Marlboro no se ha mojado, es un alivio poder aspirar esta droga deliciosa.
Razonar con un borracho es de idiotas. Suerte, una patrulla de la policía local avanza por el paseo marítimo y les hago gestos de mono con los brazos. Se acercan interesados y les explico:
- Lleva un rato paseando por el agua, creo que no alberga buenas intenciones para sí mismo.-
Los policías agradecen mi gesto y avisan a una ambulancia. Comienza a llover. Hace un tiempo de perros. Colina arriba se amontonan apartamentos vacíos. Esta parte de la costa parece terreno bombardeado, plagado de pintura resquebrajada y hierro oxidado. Resultaría triste ser pasto de los peces en este lugar perdido. Imagino que tampoco será gracioso en el Amazonas.
Camino hacia el hotel para secarme y meter algo caliente en el cuerpo. He comprado una botella de Four Roses en el bar del Seven-Eleven para no sentirme solo.
Me pregunto qué oscura historia escondía la mente del hombrecillo gris. Es igual, creo que delimito mejor mis pensamientos mientras orino. No es raro perder las ganas de vivir cuando los días transcurren negros en este invierno inacabable. Echaré un trago, llamaré a Taluna y dormiré sin calor después de masturbarme.
Tanta lejanía no es buena. Añoro el calor de sus manos.
El futuro ya está aquí
Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro. Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.
Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillosde naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los
poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia.
Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad.
Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaendirectamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda. Y esa solidaridad, imprescindible para
salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del
mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas quejuegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.
(Arturo Pérez-Reverte. Publicado en ‘El Semanal’ el 15 de noviembre de 1998, y que ahora, trece años después, parece una visión de Nostradamus).
Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillosde naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los
poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia.
Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad.
Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaendirectamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda. Y esa solidaridad, imprescindible para
salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del
mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas quejuegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.
(Arturo Pérez-Reverte. Publicado en ‘El Semanal’ el 15 de noviembre de 1998, y que ahora, trece años después, parece una visión de Nostradamus).
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